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RAÍCES PSICOLÓGICAS DEL FANATISMO
POLÍTICO: DE LA CUNA A LA CULTURA
Enrique
Echeburúa
Universidad
del País Vasco
Universidad
Autónoma de Madrid
Congreso
Internacional: Manipulación Psicológica, Grupos Sectarios y otros Movimientos
Alternativos
A la mayoría de las personas les repugna el
ejercicio de la violencia. Ello tiene que ver con un compromiso ético
consciente, pero también, de una forma más primitiva, con el desarrollo
emocional del ser humano. Ya desde una fase temprana, en el transcurso del
proceso de socialización, los niños adquieren la capacidad de empatía, es
decir, la aptitud de ponerse en el lugar del otro para comprender mejor lo que
piensa y siente y lo que puede originarle sufrimiento.
La conciencia moral regula el
comportamiento humano e impide la transgresión de las normas válidas de
convivencia. La vulneración de un principio ético genera, habitualmente, una
sensación de malestar emocional profundo. De este modo, la función adaptativa de
la culpa consiste en la evitación de las situaciones que la generan o en las
conductas de reparación, cuando se reconoce haber hecho algo mal, para eludir el
remordimiento experimentado.
Sin embargo, las personas fanáticas se
caracterizan por una falta de empatía para sensibilizarse con el sufrimiento
ajeno y por una ausencia de remordimiento cuando son ellas quienes lo generan.
El fanatismo lleva en sí el germen de la violencia. Estar en la certeza absoluta
de una idea supone imponérsela a los demás. La adquisición del fanatismo depende
de dimensiones de personalidad (dependencia emocional, impulsividad,
personalidad paranoica, etc.), pero también de frustraciones acumuladas (de las
que se responsabiliza a los otros), de los valores inculcados por la familia, de
la educación escolar, de la cuadrilla de amigos y de un entorno social cerrado.
Los símbolos de identificación (indumentaria, pegatinas, música, jornadas de
lucha y fiesta, etcétera) contribuyen a consolidar el sistema de creencias y a
hacerlo impermeable a las influencias del exterior.
¿Cómo se puede prevenir esta espiral
endiablada de violencia y fanatismo, que supone una grave enfermedad moral y un
envilecimiento de la vida cotidiana? Los problemas complejos no responden a
soluciones simples. Pero, en cualquier caso, la familia y la escuela desempeñan
un papel de primer orden porque es ahí, en la infancia y en la adolescencia, en
donde arraigan las actitudes de intolerancia que luego van a ser muy difíciles
de erradicar. La educación debe inculcar activamente en los niños una
convivencia basada en el cariño, en el ejercicio de la racionalidad, en la
tolerancia y en los valores democráticos, de los que deben dar ejemplo, en
primer lugar, los propios padres y educadores en la vida diaria y en la
resolución de los conflictos cotidianos. Asimismo se debe ser combativo
intelectual y moralmente contra la violencia.
En resumen, el objetivo de esta
ponencia es analizar las dimensiones psicosociales implicadas en el fanatismo
político. La violencia terrorista resulta de la confluencia de múltiples
factores, tales como las variables de personalidad, las influencias familiares y
escolares, el grupo de amigos, el apoyo social y la percepción de la existencia
de enemigos externos.
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